La verdad tengo una soledad de chocolate porque mi mujer está en otra parte. Necesitaba respirar de tanto problema que de repente inquieta el alma y nos perturba la existencia. Yo parece que también necesitaba llorar un rato solo de tanta impotencia y de tanta alma junta que sale a la luz cansada. He pasado por uno de los momentos más fuertes de mi vida, en una montaña rusa constante. A veces miro el mundo desde la alegría, el orgullo y el poder afrodisíaco que me da el que mis ideas existan incluso fuera de las barreras geográficas. Otras veces me da por seguir, concienzudamente, en las penas del infierno. Quiero patear las paredes, llorar a mares, emborracharme hasta perder la conciencia. Quiero gritar y salir corriendo y pedirle a la Madre Virgen María que me de un abrazo y me lleve con ella en su regazo.
Pero no me queda más que atizonar el fuego y verme entre medio de las brazas. No quiero soñar. Mañana es un gran día y hay que recibirlo con una sonrisa. Son delirios de medianoche que se me vienen a la cabeza en estos momentos en los que hay que avivar el fuego de la salamandra en este frío invernal.
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